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Darle a uno la vena.
El propósito de los “Seis Sombreros para Pensar” es desembrollar el pensamiento, de modo que el pensador pueda usar un modo de pensar después del otro – en lugar de hacer todo al mismo tiempo o intentar hacerlo. El mayor valor de los sombreros es que brindan una formalidad y una convención para requerir cierto tipo de pensamiento tanto de nosotros mismos como de los demás. Fija las reglas de juego del pensamiento. Cualquiera que lo juegue va a conocer estas reglas.Cuanto más se utilicen los sombreros, más se integrarán a la cultura del pensamiento. Todos los miembros de una organización deberían aprender este lenguaje básico de modo que se pueda incorporar a la cultura. La moral de selección y la moral de domesticación apelan, para imponerse, a idénticos medios; cabe enunciar como axioma capital que para establecer la moral hay que tener la voluntad incondicional de practicar lo contrario de la moral. Tal es”el grande y desconcertante problema que he estudiado con más ahínco: la sicología de los “mejoradores” de la humanidad. Un hecho pequeño, y en definitiva, subalterno, el de la llamada pia fraus, me facilitó el primer acceso a este problema: la pia fraus, el patrimonio de todos los filósofos y sacerdotes que “mejoraron” a la humanidad. Ni Manú ni Platón, Confucio ni los predicadores judíos y cristianos han dudado jamás de su derecho de recurrir a la mentira. ¡No han dudado, en suma, de ningún derecho!... Resumiendo, cabe decir que todos los medios de que se ha hecho uso para moralizar a la humanidad han sido en el fondo medios inmorales. Quizá conozca yo a los alemanes; quizá hasta tenga derecho a decirles cuatro verdades. La nueva Alemania representa una gran cantidad de capacidad ingénita y desarrollada; así que por un tiempo le es dable gastar, y aun derrochar, el caudal acumulado de fuerza. No ha llegado a prevalecer, con ella, una cultura elevada, y menos un gusto exquisito, una “belleza” aristocrática de los instintos; sí, virtudes más viriles que en ningún otro país de Europa. Hay mucha gallardía y orgullo, mucho aplomo en el trato, en la reciprocidad de los deberes, mucha laboriosidad, mucha perseverancia; y una moderación ingénita que necesita, antes que del freno, del aguijón. Por lo demás, en Alemania se obedece todavía, sin que la obediencia implique una humillación... Y nadie desprecia a su adversario... Como se ve, mi deseo es hacer justicia a los alemanes; no quiero apartarme en este punto de mi norma de siempre; pero he de plantearles mis objeciones. Llegar al poder es algo que se paga caro; el poder entontece... En un tiempo se llamaba a los alemanes el pueblo de los poetas y pensadores; ¿piensan todavía? Ahora, los alemanes se aburren con el espíritu y desconfían de él; la política mata todo interés serio por las verdaderas cosas del espíritu. Temo que “Deutschland, Deutschland über Alles” haya acabado con la filosofía alemana... “¿Hay filósofos alemanes?”, me preguntan en el exterior. “¿Hay poetas alemanes? ¿Hay buenos libros alemanes?” Y yo me ruborizo, pero con esa valentía que me caracteriza aun en los trances más difíciles, contesto: “¡Sí, Bismarck!” ¡Como para celebrar qué clase de libros se leen hoy en día! ... ¡Maldito instinto de la mediocridad! ¿Quién no ha pensado con melancolía en lo que podría ser el espíritu alemán? Mas desde hace casi mil años este pueblo se ha venido entonteciendo paulatinamente; en parte alguna se ha hecho un uso más vicioso de los dos grandes narcóticos europeos: del alcohol y el cristianismo. En tiempos recientes hasta se ha agregado un tercero, que basta por sí solo para acabar con toda agilidad sutil y audacia mentales: la música, nuestra obstruida y obstruidora música alemana. ¡Cuánta tétrica pesadez, torpeza, humedad y modorra, cuánta cerveza hay en la inteligencia alemana! ¿Cómo es posible que jóvenes que consagran su vida a los fines más espirituales no sientan el instinto primordial de la espiritualidad, el instinto de conservación del espíritu y beban cerveza?... El alcoholismo de la juventud erudita tal vez no ponga en tela de juicio su erudición, que sin espíritu se puede hasta ser un gran erudito, pero en cualquier otro plano de cosas es un problema. ¡Dónde no se comprueba esa suave degeneración que la cerveza determina en el espíritu! En cierta ocasión, en un caso que casi adquirió celebridad, denuncié tal degeneración: la degeneración de nuestro librepensador alemán número uno, del listo David Strauss, autor de un evangelio de cervecería y “nuevo credo”... No en balde había rendido pleitesía en verso a la “encantadora morocha”, jurándole lealtad hasta la muerte... Platón va más allá. Con un candor muy heleno, incompatible con el “cristiano”, afirma que no habría ninguna filosofía platónica si no hubiese en Atenas tantos jóvenes hermosos; que sólo la vista de estos jóvenes sume el alma del filósofo en una embriaguez erótica y que no se libra hasta no haber plantado en tan hermoso suelo la semilla de todas las cosas elevadas. ¡ Otro santo muy raro! Uno se resiste a dar crédito a sus oídos, aun en el supuesto de que se diera crédito a Platón. Se adivina, en todo caso, que en Atenas se filosofaba de una manera diferente, sobre todo en ~ublico. Nada hay tan antiheleno como la sutilización conceptual de un solitario, amor intellectualis dei al modo de Spinoza. La filosofía al modo de Platón corresponde definirla más bien como rivalidad erótica, como evolución y profundización de la antigua gimnasia agonal y sus premisas... ¿Qué surgió, por último, de este erotismo filosófico de Platón? Una nueva modalidad artística del agon heleno, la dialéctica. Para terminar, recordaré, en oposición a Schopenhauer y en honor de Platón, que también toda la cultura y literatura superiores de la Francia clásica han nacido en el suelo del interés sexual. Cabe buscar en ellas por doquier la galantería, los sentidos, la rivalidad sexual, la “mujer”; no se buscará nunca en vano... L'art pour l'art. La lucha por el fin en el arte es siempre la lucha contra la tendencia a la moralización en el arte, contra su subordinación a la moral. L'art pour l'art quiere decir: “¡que se vaya al diablo la moral!” Mas aun esta hostilidad revela el imperio del prejuicio. Una vez excluido del arte el fin de la moralización y del perfeccionamiento de los hombres, no por eso el arte carece necesariamente de fin, meta y sentido y es necesariamente l'art pour l'art-un gusano que se muerde la cola. “¡Ni fin moral, ni fin alguno!'-, así habla la pura pasión. El sicólogo, en cambio, pregunta: ¿qué hace todo arte?, ¿no elogia?, ¿no exalta?, ¿no escoge?, ¿no destaca? Con todo esto, robustece o debilita determinadas valoraciones... ¿Se trata tan sólo de una cosa accidental?, ¿de una casualidad?, ¿de algo en que el instinto del artista no interviene para nada? ¿O bien de la idea del poder del artista?... El instinto más profundo del artista, ¿tiende al arte?, ¿no tiende al sentido del arte, a la vida?, ¿a un ideal de vida? Si el arte es la gran incitación a la vida, ¿cómo considerarlo carente de fin y meta, de acuerdo con l'art pour l'art? Sigue entonces en pie este interrogante: el arte plasma también muchas cosas feas, duras y problemáticas de la vida. ¿Se aparta de ella? Y, en efecto, ha habido filósofos que le daban este sentido. Schopenhauer enseñaba como propósito total del arte: “liberarse de la voluntad”, y ensalzaba “inducir a la resignación” como la gran utilidad de la tragedia. Pero esto, según ya lo di a entender, es óptica de pesimista y “mal de ojo”; hay que apelar a los artistas mismos. ¿Qué comunica el artista trágico de su intimidad? ¿No exhibe él precisamente el estado exento de miedo ante lo pavoroso y problemático? En este estado es una aspiración elevada; quien lo conoce le rinde los máximos honores. Lo comunica, no puede por menos de comunicarlo, siempre que sea un artista, un genio de la comunicación. La valentía y libertad del sentimiento ante un enemigo poderoso, ante una sublime desventura, ante un problema que sobrecoge; este estado triunfante es el que elige y exalta el artista trágico. Ante la tragedia, lo que hay de guerrero en nuestra alma celebra sus saturnales; quien está acostumbrado a sufrir y va en procura del sufrimiento, el hombre heroico, con la tragedia ensalza su existencia; únicamente a él sirve lo trágico la bebida de esta dulcísima crueldad. Conformarse con los hombres, tener casa abierta con su corazón es liberal, pero nada más que liberal. Los corazones capaces de la hospitalidad aristocrática se los reconoce por las muchas ventanas cubiertas y postigos cerrados; tienen desocupadas sus mejores estancias. ¿Por qué? Porque esperan a huéspedes con los que uno no “se conforma”... No se imagina cómo he practicado hasta el final el programa de ausencia de pensamientos: y tengo razón en serle fiel, porque “detrás del pensamiento está el diablo” de un furioso acceso de dolor. Tal fue el costo del manuscrito que le llegó desde Saint-Moritz. Probablemente nadie lo hubiera querido escribir a ese precio, en el caso de que se pudiera evitar hacerlo. Ahora con frecuencia su lectura me produce horror, por los largos apartados y los malos recuerdos. Con excepción de algunas líneas, el total fue concebido sobre la marcha y esbozado con lápiz en seis cuadernitos: la transcripción me daba náuseas. Tuve que dejar pasar una veintena de encadenamientos más largos, desafortunadamente algunos de los más esenciales, porque nunca tenía el tiempo suficiente para extraerlos del horrible garabateo en lápiz: lo que ya me sucedió el verano pasado. Después de lo cual, el encadenamiento de los pensamientos escapa de mi memoria: en efecto tengo que arrebatar los minutos y los cuartos de hora a la “energía del cerebro” de la que usted habla, arrancándolos de un cerebro que sufre. A veces me parece que no podré hacerlo nunca más. Leo su copia y me cuesta entenderme a mí mismo, de tan agobiada que está mi cabeza. Aunque para mí escribir esté entre los frutos rigurosamente prohibidos, usted, a quien venero como a una hermana mayo, debía recibir una carta mía -¡y sin duda será la última! Porque el espantoso y casi incesante martirio de mi vida me hace languidecer en espera de su fin, y según ciertos indicios la apoplejía liberadora estaría bastante próxima como para confiar en su llegada. Con respecto al tormento y a la renunciación, puedo comparar mi vida de estos últimos años con la de un asceta de cualquier época: si bien es cierto que los mismo años me beneficiaron mucho en cuanto a la purificación y a la limpieza del alma -y para eso no tuve necesidad ni de religión ni de arte. (Observará que estoy orgulloso de eso; en realidad, sólo el desamparo total me permitió descubrir mis propias fuentes de salud.) Creo haber realizado la obra de mi vida, es cierto que no teniendo un momento de tranquilidad. Pero sé que para muchos derramé un gran gota de aceite y que les di una señal de ánimo pacifico y de sentido de la equidad para la elevación de sí mismos. Le escribo esto como agregado, a decir verdad debería ser pronunciado en el momento de la conclusión de mi “humanidad”. Ningún dolor ha podido ni podría inducirme a un falso testimonio contra la vida tal como yo la concibo. Mi existencia es una carga espantosa: la hubiera rechazado hace mucho tiempo, de no ser por las experimentaciones tan instructivas en el dominio intelectual y moral, precisamente durante ese estado de sufrimiento y de renunciación casi absoluta -ese alegre humor, ávido de conocer, me eleva a alturas donde triunfo sobre cualquier tortura y cualquier desesperanza. En términos generales, nunca fui más feliz en toda mi vida: ¡así y todo! Un constante dolor, una sensación parecida al mareo, durante horas una semiparálisis que me vuelve difícil la palabra, alternando con accesos furiosos (el último me hizo vomitar tres días y tres noches, ¡esperaba que viniera la muerte! Permanecer solo y pasearme, aire de altura, régimen en base a huevos y leche. Cualquier remedio calmante ha sido inútil. El frío me hace muy mal. El consuelo son mis pensamientos y mis perspectivas. Durante esos recorridos garrapateo aquí y allá algo sobre una hoja, no escribo nada sobre mi escritorio, algunos amigos descifran mis garabatos. A continuación va mi última producción (que mis amigos terminaron de pasar en limpio): acéptelo con benevolencia, incluso si no coincidiera en parte con su propia manera de pensar. (No busco “adeptos” -¡créame!- gozo de mi libertad y deseo ese placer a todos los que tienen derecho a la libertad espiritual.) En el presente toda mi capacidad de inventiva y todo mis esfuerzos tienden a conseguir una soledad de buhardilla, donde las exigencias necesarias y las más simples de mi naturaleza, como me las han revelado tantos y tantos dolores, puedan encontrar su satisfacción legítima. ¡Y quizá lo logre! El combate cotidiano contra mi dolor de cabeza y la ridícula diversidad de mis estados de angustia exigen tanta atención que corro el riesgo de volverme egoísta -se trata de contrapesar impulsos muy generales, muy sublimes que me domina a tal punto que, sin poderosos contrapesos, tendría que volverme loco. Justamente acabo de salir a flote de un acceso de los más duros, y apenas me he sacudido una desolación de dos días cuando ya de nuevo mi locura se echa a corre tras cosas inconcebibles desde el primer despertar, e ignoro si para otros habitantes de buhardillas la aurora alguna vez iluminó cosas más agradables y más deseables...
Estar de muerte.
Tenemos el testimonio de un empresario del ramo de la construcción ante el Comité bancario, en 1857, por el que podemos seguir las incidencias de la producción capitalista de casas en la ciudad de Londres. En su juventud, nos dice, la mayoría de las casas se construían por encargo y el importe le era abonado al contratista al llegar a ciertas fases de la construcción. Se edificaba muy poco, para la especulación, por lo general, los contratistas sólo se prestaban a ello para dar trabajo de un modo regular a sus obreros y mantenerlos agrupados. Desde hace cuarenta años, todo esto ha cambiado. Ahora, se construye muy poco por encargo. El que necesita una nueva casa la busca entre las construidas para especular con ellas o entre las que se hallan en construcción. El empresario de construcciones ya no trabaja para sus clientes, sino para el mercado; se halla obligado, lo mismo que cualquier otro industrial, a tener en el mercado sus mercancías terminadas. Mientras que antes un contratista solía emprender al mismo tiempo, cuando más, la construcción de tres o cuatro casas para la especulación, ahora tiene que comprar grandes solares (es decir, en términos continentales, arrendarlos por más de 99 años), construir en ellos hasta cien o doscientas casas y aventurarse así en una empresa que rebasa veinte y hasta cincuenta veces su capital. Los fondos necesarios se movilizan mediante hipotecas y el dinero se va poniendo a disposición del empresario a medida que se desarrolla la construcción de las distintas casas. En estas condiciones, si se produce una crisis que paraliza el pago de las cantidades abonadas a cuenta, se viene a tierra por lo general toda la empresa; en el mejor de los casos, la construcción queda interrumpida hasta tiempos mejores; si las cosas vienen mal dadas se destinan a la demolición y se venden a mitad de precio. Hoy, ninguna empresa de construcción puede vivir sin dedicarse a la especulación, y además a gran escala. La ganancia que se obtiene por la construcción misma es extraordinariamente pequeña; la ganancia principal consiste en el alza de la renta, en saber escoger y explorar los solares. Por este método la especulación encaminada a fomentar la demanda de casas se han construido casi todos los barrios de Belgravia y Tyburn y las miles y miles de villas de los alrededores de Londres. (Extracto del Report from the Select Committee on Bank Acts, parte I, 1857, Evidence. Preguntas 5413–18, 5435–36.) Chicas Barcelona Tanto da que la simiente se deduzca directamente como parte del producto o que el producto en su totalidad se venda y una parte de su valor se destine a comprar simiente ajena: en ambos casos se opera una simple reposición, por medio de la cual no se obtiene ninguna ganancia. En un caso, la mercancía entra en circulación como mercancía con el resto del producto; en el otro, sólo figura en la contabilidad como parte integrante del valor del capital desembolsado. Pero, en ambos casos es parte circulante del capital productivo. Es consumida en su totalidad para crear el producto y tiene que reponerse íntegramente a base de éste, para que sea posible la reproducción. BCN Girls Primero, el capital–dinero de 500 libras esterlinas, se convierte en capital productivo; luego éste, en el proceso de producción, se transforma en un valor–mercancías de 600 libras y pone en circulación no sólo un valor–mercancías de 500 libras, igual al capital–dinero primitivamente desembolsado, sino además una plusvalía de 100 libras, nuevamente producida. Prostíbulos Prescindiendo del error fundamental –la tergiversación de las categorías del capital fijo y el capital circulante con las categorías del capital constante y el capital variable–, la confusión que se advierte en el modo como los economistas vienen definiendo estos conceptos descansa primordialmente en los siguientes puntos: Barcelona scorts Para ello, todos tendrían que vender una parte de su producto, sin volver a comprar. El hecho de que todos ellos posean un determinado fondo de dinero, que lanzan a la circulación como medio de circulación para su consumo y una cierta parte del cual vuelve a recuperar cada uno de ellos de la circulación, no constituye absolutamente nada misterioso. Pero este fondo de dinero se hallará formado, entonces, precisamente como fondo de circulación, mediante la realización monetaria de la plusvalía, y en modo alguno como capital–dinero latente. girlsmadrid Las dos formas que reviste el valor del capital dentro de sus fases de circulación son la del capital–dinero y la del capital–mercancías; la forma propia de la fase de producción es la del capital productivo. El capital que, a lo largo de su ciclo global, reviste y abandona de nuevo estas formas, cumpliendo en cada una de ellas la función correspondiente es el capital industrial, industrial, en el sentido de que abarca todas las ramas de producción explotadas sobre bases capitalistas. Relax valencia II. El valor total de la parte del producto anual consistente en medios de producción se distribuye como sigue: una parte de valor es simplemente el valor de los medios de producción absorbidos para elaborar estos medios de producción y, por tanto, valor–capital que reaparece sencillamente bajo una forma distinta; una segunda parte equivale al valor del capital invertido en fuerza de trabajo o lo que es lo mismo, a la suma de los salarios abonados por los capitalistas de esta esfera de producción. La tercera parte de valor, finalmente, constituye la fuente de la ganancia (incluyendo las rentas del suelo), de los capitalistas industriales de esta categoría. Escort Madrid Esto se halla en abierta contradicción con la teoría ricardiana del valor y también con su teoría de la ganancia, que es, en realidad, la teoría de la plusvalía. Ricardo sólo se fija en la distinción entre el capital fijo y el capital circulante en la medida en que las distintas proporciones de ambos en ramas industriales distintas, siendo los capitales iguales, influyen en la ley del valor, y concretamente, en la medida en que la elevación o el descenso de los salarios por efecto de estas circunstancias afecta a los precios. Sin embargo, aún dentro de los límites de esta reducida investigación, la confusión del capital fijo y circulante con el capital constante y variable le lleva a cometer los más grandes errores y lo induce a partir, en realidad, de una base completamente falsa de investigación. 1° Al englobar la parte del valor del capital invertida en fuerza de trabajo en la categoría del capital circulante, se desarrolla de un modo falso, a su vez, el concepto de este capital, y especialmente las circunstancias que hacen que la parte de capital, invertida en trabajo se incluya en esta categoría. 2° Se confunde la razón según la cual la parte de capital invertida en trabajo es capital variable con aquella según la cual es capital circulante, por oposición al capital fijo. Clubs de alterne en Girona En la sección segunda, hemos analizado el ciclo en su forma periódica; es decir, en su rotación. Expusimos, de una parte, cómo las diversas partes integrantes del capital (capital fijo y capital circulante) recorren el ciclo de las formas en distintos períodos y de distintas maneras. Y, de otra parte, investigamos las circunstancias que determinan la diversa duración del período de trabajo y del período de circulación. Al hacerlo, vimos cómo la duración del ciclo y la relación entre las distintas partes que lo integran influyen sobre la extensión del mismo proceso de producción y sobre la cuota anual de la plusvalía. En efecto, si en la sección primera se examinaron, principalmente, las formas sucesivas que el capital adopta y abandona sucesivamente en su ciclo, en la sección segunda vimos cómo, dentro de este flujo y sucesión de formas, un capital de una magnitud dada se divide al mismo tiempo, aunque en volumen variable, en las diversas formas de capital productivo, capital–dinero y capital–mercancías, de tal modo, que estas formas no sólo se suceden unas a otras, sino que las diversas partes del valor capital global aparecen y funcionan simultáneamente y de un modo constante bajo estas distintas modalidades. El capital–dinero, concretamente, se presentaba bajo una forma peculiar que no se nos había revelado en el libro I. Y descubrimos determinadas leyes con arreglo a las cuales las partes integrantes de un capital dado, partes de magnitud distinta, necesitan ser desembolsadas, y renovada constantemente la rotación, según las condiciones de forma de capital–dinero, para mantener constantemente en funciones un capital productivo de determinada magnitud. Begleitservice Barcelona En este caso, se partía del supuesto de que la suma de dinero que el capitalista lanza a la circulación para atender a su consumo individual hasta que su capital empieza a refluir, equivale exactamente a la plusvalía por él producida y que, por tanto, ha de ser convertida en dinero. Es, indudablemente, en lo que se refiere al capitalista individual, una hipótesis arbitraria. En cambio, tiene que ser necesariamente cierta con respecto a la clase capitalista en su conjunto, a base de la producción simple. Expresa simplemente lo que expresa este sistema de reproducción, a saber: que se consume improductivamente toda la plusvalía, pero sólo ésta, sin tocar en lo más mínimo al capital constitutivo inicial. scort en Madrid El capital, como valor que se valoriza, no encierra solamente relaciones de clase, un determinado carácter social, basado en la existencia del trabajo como trabajo asalariado. Es un movimiento, un proceso cíclico a través de diferentes fases, que, a su vez, se halla formado por tres diferentes etapas. Sólo se le puede concebir, pues, como movimiento, y no en estado yacente. Quienes consideran una pura abstracción le sustantivación del valor olvidan que el movimiento del capital industrial es precisamente esta abstracción hecha realidad. El valor recorre aquí diferentes formas, diversos movimientos, en los que se conserva y al mismo tiempo se valoriza, se incrementa. Como por ahora sólo nos interesa la forma del movimiento, no tenemos en cuenta las revoluciones que puede sufrir en su proceso cíclico el valor–capital; pero es evidente que, pese a todas las revoluciones del valor, la producción capitalista sólo existe y puede s existiendo mientras el valor–capital se valoriza, es decir, mientras describe su proceso cíclico como valor sustantivado, mientras, por tanto, las revoluciones del valor son dominadas y niveladas de algún modo. Los movimientos del capital aparecen como actos del capitalista industrial individual, en el sentido de que es éste quien actúa como comprador de mercancías y de trabajo, como vendedor de mercancías y capitalista productivo, haciendo posible, por tanto, mediante sus actos, la realización del ciclo. Si el capital social experimenta una revolución de valor, puede ocurrir que su capital individual sea afectado por ella y sucumba, por no poder hacer frente a las condiciones de esta conmoción de valor. Cuanto más agudas y frecuentes son las revoluciones del valor, más se impone la acción automática del valor sustantivado, con la violencia de un proceso elemental de la naturaleza, frente a la previsión y los cálculos del capitalista individual, más se supedita el curso de la producción normal a la especulación anormal, mayor es el peligro que amenaza la existencia de los capitales individuales. Estas revoluciones periódicas del valor vienen, pues, precisamente a confirmar aquello que se quiere que contradigan, a saber: la sustantivación que adquiere el valor en cuanto capital y que se mantiene y agudiza a través de sus movimientos. putas rusas Desde el momento en que la parte de capital invertida en trabajo sólo se distingue de la invertida en medios de trabajo por su período de reproducción y, consiguientemente, por su plazo de circulación; desde el momento en que una de esas partes se halla formada por medios de subsistencia, al igual que la otra lo está por medios de trabajo, sin que exista entre unos y otros más característica distintiva que el grado más o menos rápido de caducidad, como entre los primeros existen, a su vez, grados de caducidad muy distintos, desaparecerá, naturalmente, toda differentia specifica entre el capital invertido en fuerza de trabajo y el que se invierte en medios de producción. barcelona masajistas
Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita.
Consideramos, por último, la ingenuidad que supone decir: “¡así debiera ser el hombre!' La realidad nos muestra una encantadora riqueza de tipos, la exuberancia de un derrochador juego y cambio de formas; y he aquí que tal pobre moralista metido en su rincón dice: “¡no!, ¡el hombre debiera ser diferente!”... Y este pedante hasta pretende saber cómo debiera ser el hombre; pinta en la pared su propia imagen y dice “¡ecce homo!”... Aunque el moralista sólo se dirija al individuo y le diga: “¡tú debieras ser así!”, hace también el ridículo. El individuo es en un todo un trozo de fatum, una ley más, una necesidad más para todo lo por venir, todo lo que será. Decirle “¡sé diferente!” significa pedir que todo sea diferente y cambie, incluso retroactivamente... Y en efecto, no han faltado los moralistas consecuentes que pedían que el hombre fuese diferente, esto es, virtuoso, trasunto fiel de ellos, vale decir, estrecho y mezquino; ¡para tal fin negaban el mundo! ¡Una máxima locura, por cierto! ¡Una inmodestia nada modesta, por cierto! ... La moral, en tanto que condena por principio y supone un no con referencia a cosas, factores o propósito de la vida, es un error específico con el cual no hay que tener contemplaciones, una idiosincrasia de degenerados qué ha hecho un daño inmenso... Los otros, los inmoralistas, por el contrario, hemos abierto nuestro corazón a toda clase de comprensión, compenetración y aprobación. Nos cuesta negar; anhelamos decir sí. Se nos han abierto cada vez más los ojos para esa economía que necesita y sabe aprovechar aun todo lo que repudia la santa locura del sacerdote, de la razón enferma operante en el sacerdote; para esa economía en la ley de la vida que saca provecho incluso de la repugnante especie de los mojigatos, los sacerdotes y los virtuosos. ¿Qué provecho? En este punto nosotros mismos, los inmoralistas, somos la respuesta... tantra A. Smith tropieza aquí con la importantísima distinción existente entre los obreros que trabajan en la producción de medios de producción y los que trabajan en la producción directa de medios de consumo. El valor del producto–mercancía de los primeros encierra una parte integrante igual a la suma de los salarios, es decir, al valor de la parte de capital invertida en la compra de fuerza de trabajo; esta parte de valor existe físicamente como una determinada parte alícuota de los medios de producción producidos por estos obreros. El dinero con que se pagan sus salarios constituye, para ellos, una renta, pero su trabajo no crea productos que sean consumibles, ni para ellos mismos ni para otros. Por tanto, estos productos no entran de por sí en la parte del producto anual destinado a alimentar el fondo social de consumo en el que está llamada a realizarse toda “renta neta”. A. Smith se olvida aquí de añadir que lo que dice de los salarios es también aplicable a la parte integrante del valor de los medios de producción que forma, en calidad de plusvalía dividida en las categorías de ganancia y renta del suelo, la renta (de primera mano) del capitalista industrial También estos elementos integrantes del valor existen en forma de medios de producción, de artículos no consumibles; sólo después de convertirse en dinero pueden absorber, con arreglo a su precio, una cantidad de los medios de consumo producido por la segunda clase de obreros y transferidos al fondo individual de consumo de sus poseedores. Con tanta mayor razón hubiera debido comprender A. Smith que la parte de valor de los medios de producción creados anualmente, la cual es igual al valor de los medios de producción que dentro de esta esfera de producción funcionan –es decir, de los medios de producción con que se fabrican otros medios de producción– y representa, por tanto, una parte de valor igual al valor del capital constante invertido aquí, queda excluida en absoluto, no sólo por la forma natural en que existe, sino también por función de capital, de toda parte integrante de valor creadora de renta. barcelona callgirl 2) Lo esencial en el concepto del capital. variable –y, por tanto para la transformación de una suma cualquiera de valor en capital– es el hecho de que el capitalista cambie una determinada suma de valor, una suma de valor dada (y, en este sentido, constante) por fuerza creadora de valor; una magnitud de valor por producción de valor, por una fuerza que se valoriza a sí misma. El que el capitalista pague al obrero en dinero o en medios de subsistencia no altera en lo más mínimo este concepto esencial. Lo único que altera es la modalidad de existencia del valor previamente desembolsado por él, que en un caso existe bajo la forma de dinero con que el obrero compra por su cuenta en el mercado los medios de subsistencia y en otro caso bajo la forma de medios de subsistencia directamente consumidos por él. La producción capitalista desarrollada presupone en realidad el que el obrero sea pagado en dinero, puesto que tiene como premisa general el proceso de producción a través del proceso de circulación, es decir, la economía monetaria. Pero la creación de plusvalía –y, por tanto, la capitalización de la suma de valor desembolsada– no responde ni a la forma del dinero ni a la forma natural del salario o del capital, invertido en la compra de fuerza creadora del valor, del trueque de una magnitud constante por otra variable. escort de lujo Wrestlingworth: Dormitorios de unos 12 pies de largo por 10 de ancho, aunque hay también muchos más reducidos. Las pequeñas chozas de un piso se dividen no pocas veces, mediante un tabique de tabla, en dos dormitorios; a veces, se coloca la cama en una cocina de 5 pies y 6 pulgadas de alto. Alquiler: 3 libras esterlinas. Si los inquilinos quieren disponer de retrete tienen que hacerlo por su cuenta: el casero sólo les da un agujero. Tan pronto como uno de los inquilinos construye un retrete, afluyen a él todos los vecinos. Hay una casa, llamada Richardson, de una belleza indescriptible. Sus paredes de mortero se combaron como las faldas de una dama al doblar la rodilla. El extremo de una viga era convexo, el otro cóncavo y sobre éste se levantaba, desgraciadamente, una chimenea, un tubo torcido de madera y barro que parecía la trompa de un elefante. Un palo largo servía de sostén, para evitar que la chimenea se derrumbase. La puerta y las ventanas en forma de rombo. De las 17 casas visitadas sólo 4 tenían más de un dormitorio, y también éstas estaban abarrotadas. Los cots (chozas) con un solo dormitorio albergaban a 3 personas adultas con 3 niños, a un matrimonio con 6 hijos, etc. escorts barcelona Si sus hilados circulan es porque él lanza al mercado su producto anual, ni más ni menos que hacen los demás capitalistas con las mercancías de su fabricación. Pero, antes de lanzarse al mercado, estos productos figuraban ya en el fondo anual de producción, es decir, en la masa global de objetos de todo género, en los que se convierte, al cabo del año, la suma global de los capitales individuales o el capital global de la sociedad y del que cada capitalista individual sólo posee una parte alícuota. Las operaciones del mercado no hacen más que establecer el intercambio entre las distintas partes integrantes de la producción anual, hacerlas pasar de mano en mano, pero sin hacer que aumente de volumen la producción global de un año ni que cambien de naturaleza los objetos producidos. Por tanto, el uso que se haga o pueda hacerse del producto global anual dependerá de la propia composición de éste, pero nunca de la circulación. girls bcn Para que disminuya el valor de la fuerza de trabajo, el aumento de la capacidad productiva de éste tiene que afectar a ramas indústriales cuyos productos determinen aquel valor y que, por tanto, figuren entre los medios de vida habituales o puedan suplirlos. Pero el valor de una mercancía no depende solamente de la cantidad de trabajo que le imprime la forma con que se lanza al mercado, sino que depende también de la masa de trabajo contenida en sus medios de producción. Así, por ejemplo, el valor de una bota no depende solamente del trabajo del zapatero, sino también del valor del cuero, del hilo, de la pez, etc. El aumento de la capacidad productiva y el correspondiente abaratamiento de las mercancías en aquellas industrias que suministran los elementos materiales del capital constante, los instrumentos de trabajo y los materiales para la elaboración de los medios de vida necesarios, contribuyen, por tanto, a hacer bajar el valor de la fuerza de trabajo. En cambio, si se da en ramas de producción que no suministran medios de vida necesarios ni medios de producción para fabricarlos, el aumento de la capacidad productiva deja intacto aquel valor. contactos bilbao La mercancía que te he vendido, dice esta voz, se distingue de la chusma de las otras mercancías en que su uso crea valor, más valor del que costó. Por eso, y no por otra cosa, fue por lo que tú la compraste. Lo que para ti es explotación de un capital, es para mi estrujamiento de energías. Para ti y para mí no rige en el mercado más ley que la del cambio de mercancías. Y el consumo de la mercancía no pertenece al vendedor que se desprende de ella, sino al comprador que la adquiere. El uso de mi fuerza diaria de trabajo te pertenece, por tanto, a ti. Pero, hay algo más, y es que el precio diario de venta abonado por ella tiene que permitirme a mi reproducirla diariamente, para poder venderla de nuevo. Prescindiendo del desgaste natural que lleva consigo la vejez, etc., yo, obrero, tengo que levantarme mañana en condiciones de poder trabajar en el mismo estado normal de fuerza, salud y diligencia que hoy. Tú me predicas a todas horas el evangelio del "ahorro" y la "abstención". Perfectamente. De aquí en adelante, voy a administrar mi única riqueza, la fuerza de trabajo, como un hombre ahorrativo, absteniéndome de toda necia disipación. En lo sucesivo, me limitaré a poner en movimiento, en acción, la cantidad de energía estrictamente necesaria para no rebasar su duración normal y su desarrollo sano. Alargando desmedidamente la jornada de trabajo, puedes arrancarme en un solo día una cantidad de energía superior a la que yo alcanzo a reponer en tres. Por este camino, lo que tú ganas en trabajo lo pierdo yo en sustancia energética. Una cosa es usar mí fuerza de trabajo y otra muy distinta desfalcarla. Calculando que el período normal de vida de un obrero medio que trabaje racionalmente es de 30 años, tendremos que el valor de mí fuerza de trabajo, que tú me abonas un día con otro, representa 1/365x30 o sea 1/10950 de 365 X 30 su valor total. Pero si dejo que la consumas en 10 años y me abones 1/10950 en vez de 1/3650 de su valor total, resultará que sólo me pagas 1/3 de su valor diario, robándome, por tanto 2/3 diario del valor de mi mercancía. Es como si me pagases la fuerza de trabajo de un día, empleando la de tres. Y esto va contra nuestro contrato y contra la ley del cambio de mercancías. Por eso exijo una jornada de trabajo de duración normal, y, al hacerlo, sé que no tengo que apelar a tu corazón, pues en materia de dinero los sentimientos salen sobrando. Podrás ser un ciudadano modelo, pertenecer acaso a la Liga de protección de los animales y hasta vivir en olor de santidad, pero ese objeto a quien representas frente a mí no encierra en su pecho un corazón. Lo que parece palpitar en él son los latidos del mío. Exijo, pues, la jornada normal de trabajo, y, al hacerlo, no hago más que exigir el valor de mi mercancía, como todo vendedor.6
He aquí ahora algunos datos tomados del informe de los comisarios de 1863: El Dr. J. T. Arledge, médico –director del Hospital de North Staffordshire–, declara: "Como clase, los alfareros, hombres y mujeres, representan...un sector de población física y moralmente degenerado. Son, por regla general, raquíticos, mal formados y muchas veces estrechos de pecho. Envejecen prematuramente y viven poco; flemáticos y anémicos, su débil constitución se revela en tenaces ataques de dispepsia, perturbaciones del hígado y los riñones y reumatismo. Pero, las enfermedades a que se hallan más expuestos son las del pecho: neumonía, tuberculosis, bronquitis y asma. Hay, incluso, una forma de asma peculiar en ellos y que se conoce con el nombre de asma del alfarero o tisis del alfarero. La escrofulosis de las amígdalas, de los huesos y de otras partes del cuerpo es enfermedad que padecen más de las dos terceras partes de los alfareros. Y sí la degeneración (degenerescence) de los habitantes de este distrito no es todavía mayor, se debe a que sus pobladores se reclutan en las aldeas del contorno y a los enlaces matrimoniales con razas sanas." Mr. Charles Pearson, que era hasta hace poco House Surgeon(51) del mismo hospital, escribe, en carta dirigida al comisario Longe y otros: "Sólo puedo hablar por observación personal y no sobre datos estadísticos, pero no puedo por menos de decir que mi indignación estallaba cada vez que tenía que contemplar aquellas pobres criaturas cuya salud servía de pasto a la codicia de sus padres y de sus patronos." El declarante enumera las causas de las enfermedades de los alfareros y hace culminar la enumeración en las long bours ("largas horas de trabajo"). El informe de los comisarios confía en que "una manufactura tan destacada ante los ojos del mundo no siga llevando por mucho tiempo la mácula de que sus grandes avances vayan aparejados con la degeneración física, toda suerte de sufrimientos corporales y la muerte prematura de la población obrera a cuyo trabajo y a cuya pericia debe esa industria resultados tan magníficos."36 Y otro tanto puede decirse de la industria alfarera escocesa.37 putas alicante "La velocidad de los husos ha aumentado, en los throstles, en 500 y en los mules en 1,000 rotaciones por minuto: es decir, la velocidad de los husos throstle, que en 1839 era de 4,500 rotaciones por minuto, es ahora (en 1862) de 5,000, y la de los husos mule, que era de 5,000, asciende en la actualidad a 6,000 por minuto, lo que supone una velocidad adicional de 1/10 en el primer caso y de 1/5 en el segundo."82 James Nasmyth, famoso ingeniero civil de Patricroft (Manchester), explica a Leonhard Horner, en una carta escrita en 1852, las mejoras introducidas desde 1848 en la máquina de vapor. Después de decir que la potencia o el número de caballos de vapor de estas máquinas, que en las estadísticas oficiales de las fábricas venía calculándose constantemente con arreglo a su rendimiento en el año 182883 es puramente nominal y sólo puede servir como índice de su potencia efectiva, añade: "Es indudable que, con una maquinaria de vapor del mismo peso, y muchas veces incluso con máquinas idénticas, sin más que aplicarles las mejoras modernas, se puede ejecutar por término medio un 50 por 100 más de trabajo que antes y que en muchos casos estas mismas máquinas de vapor, que, cuando sólo tenían una velocidad limitada de 200 pies por minuto desarrollaban 50 caballos de fuerza, hoy, con un consumo menor de carbón, desarrollan más de 100 ... La moderna máquina de vapor, con una potencia igual en caballos de fuerza nominales, posee, gracias a las mejoras introducidas en su construcción, a su volumen más reducido, a la forma de la caldera, etc., una potencia mucho mayor...Por tanto, aunque se siga empleando el mismo número de brazos que antes en proporción a la potencia nominal, se emplean menos brazos, en proporción a la maquinaria de trabajo"84 En 1850, las fábricas del Reino Unido emplearon 134,217, caballos de fuerza nominales para accionar 25.638,716 husos y 301,495 telares. En 1856, el número de husos y telares era de 33.503,580 y 369,205 respectivamente. Sí la potencia hubiese sido la misma que en 1850, para accionar estos mecanismos habrían hecho falta 175,000 caballos de fuerza. Sin embargo, según los datos oficiales, se emplearon solamente 161,435; es decir, 10,000 caballos de fuerza menos de los que habrían sido necesarios según las base de 1850.85 "Los hechos contrastados por el último Return (Estadística oficial) de 1856 son que el sistema fabril se extiende a gran velocidad, que el número de brazos disminuye en proporción a la maquinaria, que la máquina de vapor, economizando fuerza mediante otros métodos, mueve un peso mayor de máquinas que antes y que, gracias a los progresos que se han hecho en las máquinas de trabajo, a los nuevos métodos de fabricación, a la velocidad acelerada de la maquinaria y a muchas otras causas, se obtiene una cantidad mayor de productos."86 "Las grandes mejoras introducidas en las máquinas de todo género, han reforzado muchísimo su fuerza productiva. Es indudable que fue la reducción de la jornada de trabajo... la que sirvió de acicate para estas reformas. Estas, unidas a los esfuerzos más intensivos del obrero, hacen que hoy, con una jornada de trabajo reducida (en unas dos horas o en 1/6, aproximadamente), se elaboren, por lo menos, tantos productos como antes, con una jornada más larga.87 chicas compañía Barcelona Francia va renqueando detrás de Inglaterra. Fue necesaria la revolución de Febrero para que naciese la ley de las doce horas,162 mucho más imperfecta que su original inglés. Sin embargo, el método revolucionario francés pone de manifiesto también aquí sus ventajas peculiares. De un golpe, dicta a todos los talleres y fábricas sin distinción el mismo límite de la jornada de trabajo, al paso que la legislación inglesa va cediendo de mala gana, aquí y allá, ante la presión de las circunstancias, engendrando no pocas veces verdaderas nidadas de procesos.163 Además, la ley francesa proclama con carácter general y por vía de principio lo que en Inglaterra sólo consigue arrancarse en nombre de los niños, los adolescentes y las mujeres, sin convertirse en norma general hasta estos últimos tiempo.164 Academialloret En la producción de mercancías sólo se enfrentan, como individuos independientes los unos de los otros, vendedores y compradores. Sus mutuas relaciones finalizan el mismo día en que vence el contrato cerrado entre ellos. Y si la operación se repite, es a base de un nuevo contrato que nada tiene que ver con el precedente, aunque la casualidad enfrente en él al mismo comprador y al mismo vendedor. graficas salas El dinero que gira con arreglo a esta forma de circulación es el que se transforma en capital, llega a ser capital y lo es ya por su destino. acompañantes en barcelona Aristóteles no podía descifrar por si mismo, analizando la forma del valor, el hecho de que en la forma de los valores de las mercancías todos los trabajos se expresan como trabajo humano igual, y por tanto como equivalentes, porque la sociedad griega estaba basada en el trabajo de los esclavos y tenía, por tanto, como base natural la desigualdad entre los hombres y sus fuerzas de trabajo. El secreto de la expresión de valor, la igualdad y equiparación de valor de todos los trabajos, en cuanto son y por el hecho de ser todos ellos trabajo humano en general, sólo podía ser descubierto a partir del momento en que la idea de la igualdad humana poseyese ya la firmeza de un prejuicio popular. Y para esto era necesario llegar a una sociedad como la actual, en que la forma–mercancía es la forma general que revisten los productos del trabajo, en que, por tanto, la relación social preponderante es la relación de unos hombres con otros como poseedores de mercancías. Lo que acredita precisamente el genio de Aristóteles es el haber descubierto en la expresión de valor de las mercancías una relación de igualdad. Fue la limitación histórica de la sociedad de su tiempo, la que le impidió desentrañar en qué consistía. “en rigor”, esta relación de igualdad. Oscus A la par que la producción y la acumulación capitalistas, y en idénticas proporciones, se desarrollan la concurrencia y el crédito, las dos palancas más poderosas de centralización de capitales. Además, los progresos de la acumulación aumentan la materia centralizable, es decir, los capitales individuales, mientras que la expansión de la producción capitalista crea, de una parte, la necesidad social, y de otra, los medios técnicos de esas gigantescas empresas industriales cuya viabilidad exige una previa centralización del capital. Por eso, hoy día, la fuerza mutua de atracción de los capitales individuales y la tendencia a la centralización son más potentes que nunca. Pero aunque la expansión e intensidad relativas del movimiento de centralización dependen también, hasta cierto punto, del nivel ya alcanzado por la riqueza capitalista y de la superioridad del mecanismo económico, los progresos de la centralización no obedecen, ni mucho menos, al incremento positivo de magnitud del capital social. Esto es lo que distingue de un modo especifico la centralización de la concentración, que no es más que una denominación distinta que se da a la reproducción sobre una escala ampliada. La centralización puede efectuarse cambiando simplemente la distribución de los capitales ya existentes, mediante un simple cambio operado en la agrupación cuantitativa de las partes que integran el capital social. Si el capital aumenta en proporciones gigantescas en una sola mano, es porque muchas manos se ven privadas de los suyos. Dentro de una determinada rama industrial, la centralización alcanzaría su limite máximo cuando todos los capitales invertidos en ella se aglutinasen en manos de un solo capitalista.11 Dentro de una sociedad dada, este límite sólo se alcanzaría a partir del momento en que todo el capital social existente se reuniese en una sola mano, bien en la de un capitalista individual, bien en la de una única sociedad capitalista. servicio Hosting Mail 167 "Estos manejos [las maniobras del capital, por ejemplo desde 1848 a 1850] han aportado, además, la prueba irrefutable de cuán falsa es la afirmación, tantas veces formulada, de que los obreros no necesitan de protección, sino que deben ser considerados como dueños absolutos y soberanos de la única propiedad de que disponen: el trabajo de sus manos y el sudor de su frente" (Reports etc. for 30 th April 1850, p. 45). "El trabajo libre, si así pueden llamársele, necesita para su protección, aun en un país libre, el brazo fuerte de la ley" (Reports etc. for 31 st Oct. 1864, p. 34). "Permitir, lo que vale tanto como obligar... a trabajar 14 horas diarias, con o sin comidas, etc." (Reports etc. for 30 th April 1863, p. 40.)
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